
«Mujer». Cuadro de Pilar Ageitos. Colección privada.
«Mujeres que corren con los lobos»
Clarissa Pinkola Estés
(Recopilación de fragmentos)
La mujer que conecta con la Baba Yagá, que recupera su intuición y los poderes «yaguianos”, llega a un punto en el que siente la tentación de desecharlos, pues, ¿de qué sirve ver y saber todas estas cosas?
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La luz de la calavera no tiene compasión. Bajo su resplandor, los ancianos son unos viejos; lo bello es lujuriante; el tonto es un necio; los que están bebidos son unos borrachos; los desleales son infieles; las cosas increíbles son milagros. La luz de la calavera ve lo que ve. Es una luz eterna colocada directamente delante de una mujer como una presencia que la precede y regresa para comunicarle lo que ha descubierto más adelante. Es su perpetua exploración.
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Sin embargo, cuando una mujer ve y siente de esta manera, tiene que tratar de actuar al respecto. El hecho de poseer una buena intuición y un considerable poder obliga a trabajar. En primer lugar, en la vigilancia y la comprensión de las fuerzas negativas y los desequilibrios tanto interiores como exteriores. En segundo lugar, obliga a hacer acopio de voluntad para poder actuar con respecto a lo que se ha visto, tanto si es para un bien como si es para recuperar el equilibrio o para dejar que algo viva o muera.
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Es verdad y no quiero engañar a nadie. Es más cómodo arrojar la luz e irse a dormir. No cabe duda de que a veces hay que hacer un esfuerzo para sostener en alto la luz delante de nosotras, pues con ella vemos todas nuestras facetas y todas las facetas de los demás, las desfiguradas, las divinas y todos los estados intermedios.
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Y, sin embargo, gracias a esta luz afloran a la conciencia los milagros de la belleza profunda del mundo y de los seres humanos. Con esta penetrante luz podemos ver un buen corazón más allá de una mala acción, podemos descubrir un dulce espíritu hundido por el odio y podemos comprender muchas cosas en lugar de quedarnos perplejas. La luz puede distinguir las capas de la personalidad, las intenciones y los motivos de los demás. Puede distinguir la conciencia y la inconciencia en el yo y en los demás. Es la varita mágica de la sabiduría. Es el espejo en el cual se perciben y se ven todas las cosas. Es la profunda naturaleza salvaje.
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Pero a veces sus informes son dolorosos y casi no se pueden resistir, pues la cruel luz de la calavera también muestra las traiciones y la cobardía de los que se las dan de valientes. Señala la envidia que se oculta como una fría capa de grasa detrás de una cordial sonrisa y las miradas que no son más que unas máscaras que disimulan la antipatía. Y, con respecto a nosotras, la luz es tan brillante como para iluminar lo exterior: nuestros tesoros y nuestras flaquezas.
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Éstos son los conocimientos que más nos cuesta afrontar. Aquí es donde siempre queremos desprendernos de todo este maldito y sagaz conocimiento. Aquí es donde percibimos, siempre y cuando no queramos ignorarla, una poderosa fuerza del Yo que nos dice: «No me arrojes lejos de ti. Consérvame a tu lado y ya verás.»
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Nuestro contacto con la naturaleza salvaje nos impulsa a no limitar nuestras conversaciones a los seres humanos, ni nuestros movimientos más espléndidos a las pistas de baile, ni nuestros oídos sólo a la música de los instrumentos creados por la mano del hombre, ni nuestros ojos a la belleza «que nos ha sido enseñada», ni nuestro cuerpo a las sensaciones autorizadas, ni nuestra mente a aquellas cosas sobre las cuales ya estamos todos de acuerdo.
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Todos estos cuentos presentan el filo de la interpretación, la llama de la vida apasionada, el aliento para hablar de lo que una sabe, el valor de resistir lo que una ve sin apartar la mirada, la fragancia del alma salvaje.
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El alma salvaje echa mano de sus buenos instintos y formulan la pregunta psicológica clave: «¿Dónde crees que está la puerta y qué habrá detrás de ella?». Al llegar a este punto, la naturaleza ingenua empieza a madurar y a preguntar:
«¿Qué hay detrás de lo visible?
¿Cuál es la causa de esta sombra que se proyecta en la pared?»
La joven e ingenua naturaleza empieza a comprender que, si hay algo secreto, si hay una sombra de algo, si hay algo prohibido, es necesario verlo. Para desarrollar la conciencia hay que buscar lo que se oculta detrás de lo directamente observable: el chirrido invisible, la oscura ventana, la puerta que llora, el rayo de luz bajo el alféizar de una ventana.
Hay que indagar en estos misterios hasta descubrir la esencia de la cuestión. Tal como veremos más adelante, la capacidad de resistir lo que averigüe permitirá a una mujer regresar a su naturaleza profunda, en la que todos sus pensamientos, sus sensaciones y sus acciones recibirán el apoyo que necesitan.
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Una de las cuestiones menos debatidas de la individuación es la de que, cuando una mujer arroja toda la luz que puede sobre la oscuridad de la psique, las sombras, allí donde no alcanza la luz, se intensifican todavía más. Por consiguiente, cuando iluminamos una parte de la psique, se produce una intensificación de la oscuridad con la que necesariamente tenemos que enfrentarnos, pues no podemos pasarla por alto. La llave, es decir, las preguntas, no se pueden ocultar ni olvidar. Se tienen que formular. Se tienen que responder.
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La tarea más profunda suele ser la más oscura. Una mujer valiente y juiciosa procurará cultivar la peor tierra de su psique, pues, si sólo cultiva la mejor, obtendrá a cambio el peor panorama de lo que ella es. La mujer valiente no teme investigar lo peor. Ello garantizará un incremento del poder de su alma a través de las percepciones y oportunidades de examinar de nuevo la propia vida y el propio yo.
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En esta clase de explotación agraria de su psique resplandece la Mujer Salvaje.
No teme a la oscuridad más oscura, pues de hecho puede ver en la oscuridad.
Puede verlo todo, puede resistirlo todo y puede ayudar.