Una reflexión sobre los talleres de arteterapia en Feira Artemar Riveira 2014.
Pude haber escogido otra imagen para encabezar esta entrada. Los dos murales colectivos resultantes de las actividades de arteterapia realizadas en esta feria estaban llenos de plasticidad, belleza, alegría, armonía y frescura. Pero para mi esta imagen muestra con sutileza la raíz en la que se basa cualquiera actividad de arteterapia y el motivo por el cual yo quedé seducida por ella cuando la descubrí. En la imagen está presente el material antes de ser trabajado y manipulado (en este caso el papel kraft y las ceras) y están presentes las otras partes importantísimas de un proceso arteterapéutico: el cuerpo, la conexión con mis propias emociones, con las emociones de otras personas, el compartir, el descubrirnos creando en grupo, el autoconocernos al crear en compañía de otros.
A través del juego ahondamos en nuestra propia humanidad, la compartimos y por arte de magia, surge también el arte. En la galería de imágenes que muestro como remate de esta artículo aparecen las personas participantes: sus gestos al bailar, al comunicarse, su mirada, su sonrisa dialogando con los resultados finales del mural. Esto es para mi lo valioso y lo valeroso: se recuperan destellos perdidos en el acto de jugar, bailar y pintar sin prejucios estéticos, de compartir creando, de observar a los demás al hacerlo, de completar lo que otros hacen con espontaneidad. Niños y adultos jugando, disfrutando y descubriendo que tienen en común ese latido primitivo que fundamenta el acto de crear.
Nos conocimos una hora previa a la realización del mural, a través del juego, del baile, de la danza. A todos les resultó curioso que un obra plástica creada por un grupo de entre 12 y 16 personas, muchas de las cuales yo no conocía ni se conocían entre si, resultase armoniosa y equilibrada. No se distinguen ni desentonan las partes creadas por los niños y por los adultos. Hubo un intercambio personal previo, una presentación, cuando jugamos a cantar el sábado 23 y cuando jugamos a bailar “El bolero de Ravel” el domingo 24. Como el fuego que emana de esa pieza, acabamos saltando, brincando, tomándonos en brazos los unos a los otros. Tras esa explosión, esa apertura al otro, llegó el momento de la creación pausada y lenta en la que cada uno conectó consigo mismo para realizar su parte del mural. No fue preciso planificar ni hablar: ya habíamos conectado en el ejercicio de expresión corporal. Ahora tocaba centrarse en uno mismo, en silencio, a la vez que se trabajaba en grupo. En la creación del cuadro colectivo surgieron otras formas de comunicación más allá de la verbal, porque la conexión ya había sido realizada. «El alma del grupo” ya había nacido en el acto de cantar y bailar. Y al final, las imágenes aparecen como hermosas cenizas, como productos palpables de una hoguera que ardió con intensidad. Muchísimas gracias a todos los participantes.