
«El lobo sueña que vive, encarnado en la forma de un latido, en la parte izquierda de la cabeza de Focia. Ella lo acogió allí, avergonzada de su propia docilidad e ingenuidad. E hicieron un pacto. Si me proteges de los otros, le dijo Focia, si me das el coraje suficiente para que no vuelvan a hacerme daño, dejaré que te quedes. Y el lobo se quedó. Y por las noches, cuando Focia está en vela, sueña que lo persigue en el interior de su cabeza, y el lobo corre de un lado a otro. A veces lo hace raudo y veloz, como un relámpago, desde la cabeza hasta el corazón de Focia. Y ella siente su fiereza. Y Focia le dice: si te atrapo, si consigo mirarte a los ojos, tendrás que irte. Pero nunca lo hace.
El lobo llegó para proteger a Focia. Ambos se protegen de su dolor escondiéndose detrás de la rabia, de la fiereza. Pero algo está pasando, porque se están destruyendo el uno al otro. Tampoco se atreven a separarse, porque sólo se tienen el uno al otro. Algún día, cada uno deberá buscar su lugar. Cada uno deberá buscar su lugar. Serán libres. Ese debería ser el siguiente paso. Ya no se pueden ayudar. Sólo se están destruyendo el uno al otro. No saben cuándo será eso, ni cómo. Lo más difícil es saber cómo.
Focia sueña que un lobo vive en la parte izquierda de su cabeza, encarnado en un latido. En su empeño por expulsarlo, por destruirlo, se está destruyendo a sí misma. El lobo forma parte de Focia. No es algo demoníaco que hay que destruir. Es la fuerza de un animal magnífico latiendo en su corazón.
Cuando dejen de luchar, serán libres los dos. Serán uno o ninguno. Todo se habrá desvanecido: el sueño, la lucha, la imagen, la persecución… todo.»
Pilar Ageitos y el alma encantada