
«Los pies en la tierra»: mi imagen reflejada en el remanso de una fuente contaminada.
En este espacio, en este VIAJE que comienza, aquí y ahora, aflora la primera contradicción: no veo imágenes, ni símbolos. Veo un trance, una experiencia, compartir y expandir, esparcir. Una nueva mirada, una insomne ceguera, un desvelo. Telones cayendo uno tras otro, madejas desmadejadas sin hilo, nudos sin deshacer hasta llegar a SER.
Aprender,
a ver,
el mundo,
desde otra torre o desde otra cueva,
más nítida,
conmovedora y conmovida.
A palpar en carne viva lo que significa ser humano, y cómo serlo.
A preguntarse indefinidamente en qué consiste el viaje, la tarea, ese sutil deambular, la estela personal que dibujamos a nuestro paso. Ese rastro, diferente, que cada uno traza al habitar el mundo.
Arte y conciencia nace de dos necesidades: la de crecer creando, o crear creciendo. La de realizar un viaje, la de atravesar la selva del proceso artístico, que a veces muta en páramo para bendecir y enriquecer la orografía del mundo, el nuestro y el de los otros.