FOCIA Y EL LOBO. El alma encantada.

«El lobo sueña que vive, encarnado en la forma de un latido, en la parte izquierda de la cabeza de Focia. Ella lo acogió allí, avergonzada de su propia docilidad e ingenuidad. E hicieron un pacto. Si me proteges de los otros, le dijo Focia, si me das el coraje suficiente para que no vuelvan a hacerme daño, dejaré que te quedes. Y el lobo se quedó. Y por las noches, cuando Focia está en vela, sueña que lo persigue en el interior de su cabeza, y el lobo corre de un lado a otro.  A veces lo hace raudo y veloz, como un relámpago, desde la cabeza hasta el corazón de Focia. Y ella siente su fiereza. Y Focia le dice: si te atrapo, si consigo mirarte a los ojos, tendrás que irte. Pero nunca lo hace.

El lobo llegó para proteger a Focia. Ambos se protegen de su dolor escondiéndose detrás de la rabia, de la fiereza. Pero algo está pasando, porque se están destruyendo el uno al otro. Tampoco se atreven a separarse, porque sólo se tienen el uno al otro. Algún día, cada uno deberá buscar su lugar. Cada uno deberá buscar su lugar. Serán libres. Ese debería ser el siguiente paso. Ya no se pueden ayudar. Sólo se están destruyendo el uno al otro. No saben cuándo será eso, ni cómo. Lo más difícil es saber cómo.

Focia sueña que un lobo vive en la parte izquierda de su cabeza, encarnado en un latido. En su empeño por expulsarlo, por destruirlo, se está destruyendo a sí misma. El lobo forma parte de Focia. No es algo demoníaco que hay que destruir. Es la fuerza de un animal magnífico latiendo en su corazón.

Cuando dejen de luchar, serán libres los dos. Serán uno o ninguno. Todo se habrá desvanecido: el sueño, la lucha, la imagen, la persecución… todo.»

Pilar Ageitos y el alma encantada

Y SIN EL ARTE. El alma encantada.

«Y SIN EL ARTE,

esa suciedad,

cual oro delicado ahogando mis muñecas.

Sin el insomnio, esa lejanía.

Y sin la risa,

esa oscuridad

delatando anhelos vacíos de sentido.

Y sin el canto,

esa velocidad, lenta e invisible

que ahoga las cabezas.

Y sin el tedio,

esa amargura,

rayana en el silencio del propio corazón.

Y sin la dignidad, la escarcha.

Y sin la dignidad, el hielo.

Y sin ella.

tan sólo tejas caídas.

Y sin la risa,

la claridad,

el sumo pontífice de la soberbia.

Y sin el poso derrotado del clero,

la ruina de un imperio que existió

sin pulmones,

ni neveras,

ni sacrificios.

Y sin la orgía,

el alma sustraída,

un viento de vanas estrategias.

Y sin la sola voz que nos acoge

¡que seríamos sin la sola voz que nos acoge!

Y sin la dicha

el logaritmo de un sueño frustrado

Y sin la calma

huesos de pájaros de latón

delatados y póstumos,

verdaderos aromas de aquella suciedad.

Y SIN EL ARTE

Y sin las clases obreras postergando el abrazo,

un desierto de iras encontradas.

Y sin el sumo recuerdo de aquel ayer,

tiranos sin sol al que abrigarse.

Y sin páramos ensortijados de solitarias veras,

un paisaje sin turismo.

Y sin redes que alimenten el corazón,

razas exclavizadas.

Y sin hilo con el que coser al levantarse, cada mañana,

el elevado sueño que triunfa.

Y sin la suerte escudriñando mi ventana,

un aleteo tenue y revelado.

Y sin la maldad del oponente

un letargo,

Y sin la cautela sorda del idiota,

sopesa,

qué seríamos,

sin la cautela sorda del idiota.

Y SIN EL ARTE»

Pilar Ageitos y el alma encantada

FON BEBER

 

perro_pilar ageitos

CAN. Dibujo: lápiz sobre papel. Pilar Ageitos.

 

«Solía Sofía buscarme en aquella cadena. Yo no hablaba, realmente. En mi emisora había un silencio contínuo y UNAS OREJAS ENORMES. Tú ponías la cadena y se oía escuchar: ¡Menuda trompa te agarrabas! Notabas el zumbido en cada neurona del cerebro. Escuchar es, a lo sumo y como mucho, lo más ensordecedor que hay. Lo juro.

Si Fon Beber aparecía, le dábamos los buenos días (Sofía y yo) y le dejábamos quedarse. Pero él no oía nada. Se limitaba a mirar, como hipnotizado, aquellas orejas tan y tan enormes.

Y EL FON SE VOLVÍA BON.»

hace muchos años ha… El Alma Encantada

«VEO». Ofelia viva y el alma encantada.

Veo

telas oscuras y entramados de rejas

un jardín reluciente al final,

al fondo,

donde se oculta la verdad más enmarañada de las cosas

Veo

trastornos descomunales

un gigantesco placer

escondido tras


Veo

lejanos árboles

brechas torcidas

sucedáneos de una vida

que no existe ni existirá

Veo

tranquilas aguas

pacíficas estelas

y un canto lejano

que te dirá

cuál es el camino

la vereda

qué sorpresa aguarda

tras la reja

Veo

un enlace próximo

un anillo

un camino

un dorado placer

la verdad de ser

aquello que somos

Veo

trastornos descomunales

nubes negras en el horizonte

y junto a ti

la paz de saber

que nada de eso

es perdurable

que todo es

un soplo ínfimo de viento

a la deriva

perdido

en la vasta intemporalidad

de los siglos

Veo

respuestas vanas

orgullos fijos

niños corriendo detrás de un balón

Veo Veo

negros nubarrones en el horizonte

y una luz escondida

entre ellos

Veo

que todo aquello que quieras hacer

puedes hacerlo

Veo

Veo

un dulce despertar

y una huída

un cansancio remoto

y una salida

Veo

 que nada de lo que veo

puede ser verdad

Veo

que quizás

algún día

sepas

que nada de lo que ves

es cierto

tan sólo, el atisbo de un miedo

arcaico y antiguo

de una historia que una vez ocurrió

en un siglo extraño

plagado de seres extraños

Veo

que los nubarrones que ves

no son reales

tan sólo el reflejo

de miedos ajenos

Veo paz

y la sabiduría de saber

que encerrado en un cajón de tu dormitorio

alma que cuidas con tesón,

 hay algo creciendo

de un valor incalculable

pequeño y terrenal

como esa gota de lluvia que recoges

caída de una hoja

de un árbol

ese brillo resplandenciente

el destello

húmedo

del rocío en la mañana

Veo

castillos en el aire

y en la tierra un tesoro

Veo

lejanas curvas

anchos valles

remotos pliegues

sábanas sucias

y un vendabal

Veo que no veo

veo

veo

veo

y nada de lo que ves

es real

Sólo el alma

impertérrita

observa todo

como un cristal

diamantino

duro y sólido

imperturbable

brillante, eterno, inamovible

y todo lo demás

tan sólo soplos

vientos y cazas

vanidades

destellos, reflejos

efímeros

cansinos

limitados

Nada más

el diamante veo

Nada más

EL DIAMANTE